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  1. Solaris: ¿experimento o venganza?

    jueves, 23 de diciembre de 2010



    Solaris es una de las novelas de ciencia ficción que más me impactan, no ya solo por la historia en sí misma, sino por la trama y la maestría incuestionable de Stanilav Lem para desmarcarse de algunos interrogantes que surgen a raíz de la historia. Cuando acabas de leer la última frase, levantas la vista y respiras hondo -no leerás Solaris en vano-, las cuestiones que Lem deja sin respuesta te asaltan de golpe y porrazo.
    Ahí están, ahí te las encuentas a tu discreción particular: ¿qué sucedió con los robots para que fueran relegados a los sótanos de la Estación Solaris?, ¿a quién veía Snaut, quiénes atormentaban a Sartorius?, ¿por qué siempre son tres las personas "reales" que habitan la Estación a un tiempo?, ¿cómo es que después de cada visita de las "Creaciones F" o "Visitantes" se tiene la piel quemada?, o ¿por qué Kelvin acepta desde un principio la presencia de Harey, una vez asimilado que no se trata de un sueño?...
    Ese viejo truco de no dar todas las respuestas le aporta al relato un elevado grado de verosimilitud. Además, para reforzarla, Lem recurre al tópico de la pseudo-bibliografía solariana, crea completísimos estudios solaristas, libros apócrifos incluídos. No se ovida de los tecnicismos tampoco: politera, fuliginoso, metamorfo, sincitialia, ongus, mimoides, fungoides, ágilus, vertérbridas, etc.

    Existen tres aspectos de la novela que me han llamado mucho la atención: las características de Solaris como planeta (es un planeta-océano, al igual que Dune o Arrakis de Frank Herbert era el planeta-desierto), las "creaciones F", así como las maneras de enfrantarse a las mismas por parte de la tripulación, y el capítulo del viejo mimoide, que presenta al planeta como un ente vivo.

    Al final todo queda en el aire, nada se resuelve, el final es abierto. Es desesperante pero esperanzador a un tiempo: Kelvin decide basar su vida en una esperanza, hasta el día de su muerte. Hasta cierto punto comprende el fenómeno Solaris, y si bien no lo concibe como a un dios -imperfecto y falible-, sabe que solo de Solaris podrá sobrevenir el milagro: Harey. Por su parte, es posible que Solaris comprenda y obre la gracia, pero no parece probable después de todo: Solaris no comprende. Solo juega. Y experimenta.
    Entonces surge la gran incognita: ¿Tiene la conciencia un fin práctico? ¿Dios ha creado la conciencia en el ser humano para que éste recapacite sobre sus acciones y no cometa en el futuro los errores del pasado y evitar un mal que pueda darse? ¿O se trata de un dios falible que solo experimentaba? Solaris va más allá, y esa conciencia la convierte en algo sólido, la personifica. Después, se desentiende. Un experimento. Un juego que se abandona al tiempo que pierde el interés de la novedad.
    Si Solaris fuera Dios...



    Solaris, de Stanislaw Lem. Editorial Impedimenta, 2010.
    Traducción de Joanna Orzechowska.
    Introducción de Jesús Palacios.

  2. JACQUES LANTIER

    lunes, 9 de agosto de 2010



    Jacques Lantier (1843 - 1870) es el segundo hijo de Gervaise Macquart y de Auguste Lantier. Cuando nació su madre solo contaba con 15 años. Sus hermanos son Claude Lantier (nacido en 1842; su historia se desarrolla en La obra) y Étienne Lantier (nacido en 1846; Germinal) y con su hermanastra Anne Coupeau, alias Naná, nacida el 30 de abril de 1854, fruto del matrimonio entre Gervaise y Coupeau (La taberna).

    La historia de Jacques Lantier se desarrolla en la novela
    La Bestia humana (1890), entre el periodo de tiempo que trascurre entre febrero de 1869 y julio de 1870, cuando muere arrollado por el tren que conduce: a raíz de una pelea que mantiene con su fogonero, Pecqueux, ambos caen a la vía. Jacques solo tiene 26 años al inicio de la novela.

    Curiosamente, Jacques, pese a ser hijo de Gervaise y Lantier, no aparece muy citado en La taberna, publicada en 1877, pues al parecer Zola "inventó" a este personaje por conveniencias de su serie de los Rougon - Macquart, algunos años más tarde. De esta manera, cuando Gervaise y Lantier se trasladan de Plassans a París en la primavera de 1850, Jacques permanece en Plassans bajo la tutela de Tate Phasie*, una prima de Lantier. Jacques entonces solo contaba 6 años, y para él sus padres "desaparecieron". Zola trasmite cierta sensación de abandono, pero en ninguna ocasión Jacques parece echar de menos la presencia de sus progenitores, y considera que si ha salido adelante en la vida ha sido gracias a la tía Phasie. Así, tras sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y dos años en el ferrocarril de Orleans, Jacques se convierte en maquinista de 1ª clase en la Compañía de Ferrocarriles del Oeste. (
    capítulo II de La Bestia humana).

    La tara hereditaria de Jacques es que "siempre le había trastornado el deseo, viéndolo todo rojo". No puede desear a una mujer sin ansiar su posesión absoluta, no ya solo mediante el sexo, sino a través de la muerte: su obsesión es degollarlas. Su locura asesina surge a los 16 años y hasta los 26 no la ve cumplida. Durante esos 10 años lucha contra su monomanía con notable éxito, pero se abandona tras enamorarse de Séverine Aubry**. Con eso queda demostrada la teoría del destino marcado en la sangre de esta familia...

    Como nota curiosa: cuando en 1869 y 1970 Jacques vivía su historia particular de amor y muerte, aún está pasando lo que le acontece a su hermano Claude Lantier en La obra (entre 1863 y 1876)... y ya su hermano Étienne bajó al Voureux, en Germinal, pues la historia minera del poblado de
    Deux-Cent-Quarante comenzó en 1866.


    * Tate Phasie, casada en segundas nupcias con Misard, quien la asesina envenenándola con matarratas. De su primer matrimonio tiene dos hijas: Flore y Luisette. También sus historias se desarrollan en La Bestia humana.

    ** Séverine Aubry, casada con Roubaud. Ambos, junto con Jacques, son los principales protagonistas de La Bestia humana.

  3. Bel Ami - Guy de Maupassant

    viernes, 23 de julio de 2010

    Bel-Ami (1885)


    George Duroy, que ostenta con orgullo el sobrenombre de Bel Ami - traducirlo sería un insulto para el lector- es el paradigma del "trepa" que alcanza un deslumbrante éxito social sirviéndose de las mujeres. De ser un don nadie cuyas perspectivas en la vida apenas iban más allá de ser mozo de cuadra, a multimillonario en apenas 3 años.

    Bel Ami medra en un medio en el que es un absoluto neófito: el periodísmo. Pero éso es solo lo externo, la pátina que recubre y esconde la esencia, la excusa mediante la cual Duroy seduce, engaña y manipula a su antojo y beneficio las conquistas amorosas que va cosechando a lo largo de la novela. Éstas conquistas son 5 mujeres: dos esposas, Madeleine Forestier y Suzanne Walter, y tres amantes, una tal Rachel, del Folies Bergère -la única con la que se muestra inexperto, por ser de las primeras-, Clotilde Marelle y Mme. Walter.

    No obstante, habría que ver hasta qué punto son "conquistas" de Bel Ami, y no al revés, pues son ellas quienes le eligen y él quien decide dar el primer paso. Después son ellas quienes les allanan y despejan el camino.

    Si tenemos presente que a finales del XIX la mujer está totalmente delimitada socialmente en su papel, ya sea como madre, esposa o hija, pero siempre dependiente del hombre, no deja de llamar la atención el tratamiento que Maupassant le da en esta novela. Todas ellas tienen sus propios caracteres y actúan conforme a sus creencias, son individualidades, viven sus pasiones de forma autónoma, independiente del medio en el que viven atadas, y ni los maridos ni los hijos las estorban para desatar sus
    deseos eróticos. Así, Mme. Walter, que no es precisamente un dechado de orgullo femenino, pierde la cabeza por Duroy, pero su medio -su marido, sus hijas, sus amistades- no le supone un obstáculo. Y eso que es un ejemplo perfecto de lo que para Ortega era el estar enamorado, es decir, Mme. Walter vive en un continuo estado de idiotez. ¿Y qué decir de Clotilde de Marelle? Tras la más indigna humillación aún tiene el coraje de presentarse a sí misma como ofrenda en altar ajeno y como regalo de bodas para uso exclusivo del novio. Es el placer por el placer, sin complicaciones. Es una mujer libre, desinhibida, experimenada en cuestiones de sexo y que sabe lo que quiere. Tiene marido, pero como si no. Clotilde recuerda mucho a la primera mujer de Duroy, Madeleine Forestier, aunque posiblemente ésta sea la mujer de personalidad más arrolladora y más fascinante de la novela. Es inteligente, segura de sí misma, con un apabullante control sobre sí mísma -recordad la escena de la herencia del conde de Vaudrec, o el desparpajo que muestra cuando es pillada in fraganti con Laroche Mathieu-, brillante articulísta, femenina, dulce, independiente, otra mujer de ideas claras que sabe lo que quiere y no se anda con tapujos para conseguirlo. Y fuma. Es la única mujer que fuma, en la novela. Fuma y escribe los artículos de sus maridos, quienes no pueden menos que respetarla y temerla, sentirse apabullados y en deuda con ella. Y Bel Ami no será menos, pero dados sus escasos escrúpulos...La contraposición de Clotilde y de Madeleine se halla en Mme. Walter y en su hija, Suzanne. Si Clotilde es el sexo desaforado, el placer por el placer de la conquista fácil, la reprimida Mme. Walter será la conquista dificil. Para ella Bel Ami provoca cambio radical en la vida, ¡nada menos que el descubrimiento del placer erótico!, mientras que para Duroy es solo un episodio más, una aventurilla que pierde lustre cuando la mujer es conquistada. Ella, Mme. Walter, es la que sale peor parada. ¿Por qué? ¿Por sus faltas creencias religiosas? Al soliloquio de Duroy, en el capítulo 4 de la 2ª parte me remito...El caso es que si hasta el momento el lector no consideraba la mezquindad de Duroy, tras esta fase de su vida, en la que se dedica a las mujeres Walter, ya es inevitable. Mientras asciende socialmente, más bajo y despreciable es a nivel moral. Si Suzanne Walter, que aparece como una representación del romanticismo y de la inocente frescura de la mujer virgen, no es capaz de reformarle, ella, que representa la pureza, ya nada lo hará. Para él es solo una muñeca y una cifra. Una mujer que aún no le da problemas, fácil de moldear, una tábula rasa. Sería interesante ver la evolución de Suzanne en ése matrimonio. ¡Acabaría siendo como su madre o como Clotilde? ¿O tal vez como Madeleine?...
    George Duroy, ése Bel Ami, se me antoja un donjuan sin lucha, sin pena ni gloria, un donjuan de fáciles estrategias y muy escasos recursos. Como colofón, cito un pasaje de El custodio de Anthony Trollope que hace unos días me recordó a Bel Ami, por lo sorprendente de su capacidad de seducción sin apenas mover un dedo. El pasaje en cuestión es el siguiente:


    Se dice que un corazón pusilánime nunca conquistó a una mujer hermosa; y a mí me parece asombroso que se llegue a conquistar a mujeres hermosas, ¡cuando los corazones de los hombres son con frecuencia tan pusilánimes! Si no fuese por la bondad de la naturaleza femenina, que, al ver nuestra falta de valor, hace que, en ocasiones, las mujeres desciendan de su inexpugnable fortaleza y nos ayuden a consumar su propia derrota, con demasiada frecuencia escaparían invictas, aunque no ilesas; sin ataduras para el cuerpo, pero con el corazón magullado.
    El custodio de Anthony Trollope. Ed. Alfaguara, 2004. Cap. VII, pág. 101.



    Guy de Maupassant (1850 - 1893)


  4. Miedo... ¿¡a qué!?

    domingo, 20 de junio de 2010



  5. En 1965 Orson Welles estrenó, a nivel mundial, «Campanadas a medianoche» en el cine Coliseo Equitativa de Zaragoza. Welles daba vida a Sir John Falstaff, personaje central, basado en varias obras de William Shakespeare, en estrecha relación entre el cine y la literatura.
    Para cada hombre hay una hora, un minuto, un instante que cobra tal relevancia en su vida, que se hace eterno y se inmortaliza. Ese instante suena como una campanada a medianoche, y anuncia el paso de un antes y un después, el fin de un hechizo.
    En sus películas, Orson Welles siempre trató de percibir si el motivo de la gran tragedia humana fue la pérdida de la inocencia, desarrollando el mito de la Caída. Escogió personajes de muy elevada catadura moral, psicológica y dramática para indagar en esa búsqueda y así, por ejemplo, dio vida a Charles Foster Kane (Citizen Kane, 1941) -su inolvidable Rosebud- o a uno de los personajes shakesperianos más carismáticos: Sir John Falstaff, en Campanadas a medianoche (1965). En esta “superproducción” su prodigiosa inventiva y su desbordante imaginación, empujadas por la necesidad, se agudizaron, y sirviéndose de lo que disponía, transformó monasterios románicos en castillos ingleses, hizo que las murallas de Ávila marcaran las distancias físicas entre el mundo de la Corte y el mundo de Falstaff y que la Casa de Campo de Madrid se convirtiera en campiña británica donde se lleva a cabo una cruenta batalla de sangre, sudor y lodo.
    Welles siempre pudo y supo elegir a los personajes que encarnaba. Del resto se encargó la interrelación mágica entre el cine y la literatura, que obró el milagro: Falstaff hizo suyos los rasgos físicos de Welles o Welles hizo suya la esencia de Falstaff, tanto da: lo cierto es que es inevitable para el espectador no relacionar indisolublemente a ambos. Como tampoco podrá leer Enrique IV del bardo inglés sin ver a Orson Welles en Falstaff, ni disfrutar de Campanadas a medianoche sin sentir a Falstaff en Welles.
    Para recrear a ese redomado bribón, resabiado, mentiroso, sin escrúpulos, ladino, lujurioso, cobarde y bonachón Falstaff, Welles recopiló escenas de varias obras dramáticas de Shakespeare: Ricardo II, ambas partes de la historia de Enrique IV (centrándose especialmente en éstas), Enrique V y la comedia Las alegres comadres de Windsor. Welles y Shakespeare solos. El resultado es soberbio.
    Los aspectos de las obras de los que Welles hace uso serían, someramente, los siguientes:
    • Las alegres comadres de Windsor: De esta comedia, Welles acoge el carácter general de Falstaff, así como el del juez Robert Shallow (Alan Webb).
    • Ricardo II: Se hace uso de detalles de esa obra para establecer los antecedentes de algunos personajes. Por ejemplo, cómo alcanza Enrique IV el trono.
    • Enrique IV: Núcleo central de la película, pues en ella se desarrollan ambos dramas.
    • Enrique V: Drama en el que se anuncia la muerte de Falstaff, que es lo que a Welles le interesa para la película:
      • La noticia de que Falstaff ha fallecido (Act. II, esc. 1), anunciada por su paje (Beatrice Welles en el film).
      • La “clemencia” del príncipe Hal, ahora Enrique V (Keith Baxter) hacia Falstaff: “Tío de Exeter: libertad al hombre que ayer fue metido en prisión por haberse mofado de mi persona” (Act. II, esc. 2).
      • La descripción de la muerte de Falstaff un monólogo de Mistress Quickly (Margaret Rutherford), (Act. II, esc. 3). Orson Welles se permite el lujo de filmar este largo monólogo: La tabernera apoyada en el quicio de la puerta, la mirada perdida y clavada en el techo, la voz llorosa… Un monólogo de 1 minuto y 22 segundos ante quienes velan el cuerpo del enorme Falstaff: su paje, Pistol, Nym y Bardolf.
    Otro de los monólogos más largos que nos brinda la película es el que refiere el rey Enrique IV (John Gielgud) sobre la venida del sueño… “Oh, Sueño, amable Sueño” (Segunda parte: Act. I; esc. 3). En la película, es subyugante ver a ese rey solo, su rostro iluminado por la luz del amanecer tras los barrotes de hierro forjado del enorme ventanal, enjuto y solo, lamentando su falta de sueño.
    Ciertamente la fuerza de ambos monólogos cobra más relevancia después de haberse visto la película.
    Y es que hay momentos sobrecogedores en el film que no son captados con la misma facilidad al leerse la obra. Son instantes en los que la fuerza de la interpretación, los gestos, las miradas y los silencios dicen más de lo que la lengua calla.
    Esto sucede, por ejemplo, en la complicidad de Sir John Falstaff y Hal. Existe una escena especialmente inquietante, en tanto que se presenta como un vaticinio, un aviso de la futura traición de Hal: Es cuando éste le dice a Falstaff: “Lo hago, lo haré” (“I do, I will”, Primera parte: Act. II, esc.4). Welles hace que Falstaff, por primera vez, vislumbre algo del futuro en un gesto fugaz, una reacción sutil, una mirada fija, un silencio espeso en medio de la algarabía general. (Un juego de representación teatral, donde Hal imita a su padre y Falstaff al propio Hal, en la taberna de Mistress Quickly). Hay algunas escenas que pronostican la futura actitud de Hal para con Falstaff (pero tal vez esa sea la más reveladora). Después, ya casi al final del film, acontece “una de las escenas más tristes y despiadadas de la historia de la literatura y el cine”, como dice Javier Marías en su artículo “Todos los días llegan” (Academia, núm. 12, octubre 1995),
    aquella en la que el viejo y gordo Falstaff, mentor y compañero de correrías del príncipe Hal, se ve rechazado, negado y abominado por su pupilo una vez que éste ha sido coronado, y ya no es príncipe ni se llama Hal, sino Enrique V”.

    Es la terrible caída en desgracia de Falstaff.
    Un Enrique V, enfocado en contrapicado, le espeta a un Falstaff que es la viva imagen del Desengaño y de la Credulidad Traicionada:
    No te conozco, anciano. (…)He soñado largo tiempo con una especie de hombre como tú, así de libertino, pero ahora he despertado y desprecio mi sueño (…). He dado la espalda a mi antiguo yo, así que cuando oigas que vuelvo a ser el que he sido, acércate a mí y tú serás el que fuiste” (Segunda parte: Act. V, esc. 5).

    Ésas palabras son como el sonido de las campanas a medianoche para Falstaff. I Know thee not, old man…
    El príncipe Hal también oye sus propias campanadas de medianoche, que quiebran el hechizo de las alegrías irresponsables y que le hacen “despertar” de un sueño que, ya en la vigilia de la realidad, desprecia. Ya es rey. Es una realidad que ve y que acepta y aprecia. Pero Falstaff, al despertarle –metafóricamente- el sonido de las campanadas, no desprecia su sueño del pasado. Shakespeare no nos da la clave de su sentir, Welles la cubre con un sutil velo de incredulidad: Falstaff abre los ojos a la cruel realidad y no quiere ver, pero ve. Nosotros no le vemos morir, ambos autores nos conceden esa delicadeza. Pero muere. Y lo hace víctima de la soledad, de la amistad traicionada por el poder y de su propia decrepitud. Inevitablemente la aceptación de su pena solo puede aliviarse con la muerte.
    Como señala Shakespeare en Las alegres comadres de Windsor, “when night-dogs run, all sorts of deer are chaged”…, pues lo que no se puede evitar ha de ser aceptado. Y “las cosas son siempre como son” (Nym, en Enrique V: Act. I, esc. 1).

    Este artículo fue publicado en el núm. 1 de la Revista Digital ¡¡Ábrete libro!!, en mayo-junio de 2009.

  6. Bartleby y la falta de sometimiento

    martes, 11 de mayo de 2010

    Bartleby, the scrivener: a story of Wall Street (1853)
    Herman Melville


    Conseguirlo todo con una frase: "I would prefer not do" ("Preferiría no hacerlo"). No dar razones, solo ese verbo en condicional simple: preferiría. Mover el mundo a traves del verbo transitivo preferir... Bartleby gana, invade las mentes de su jefe y compañeros mediante su verbo desgastado. Y a través de el, somete a los demás, pues él jamás varía su modo de proceder. Y por no someterse, no se somete ni a los dictados del cuerpo. Y así, acaba como acaba. Pero vence en su ideal.

    En un principio Bartleby parece un estúpido sin contemplaciones. Y de hecho me he topado con algunos lectores que lo consideran insoportable, por no tratar de ver más allá de su pose. Realmente desconocemos cómo es Bartleby, qué impulsos le mueven a actuar -o a no hacerlo, más bien- de la manera en que lo hace. ¿Es un estúpido integral que se mueve por impulsos o es una inteligencia superior que acaba agotada de la vida, sin motivación alguna, que se deja llevar por la inacción? Por no hacer, al final, ni tan siquiera se alimenta. Ni le preocupa. Entonces, ¿Bartleby es un loco, un iluminado o pura desidia existencial?

    En algunas ocasiones a lo largo de la historia el narrador nos trasmite la idea de que "basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo", en palabras de J. L. Borges. Y eso me llevó a Ahab, pues él, al igual que Bartleby, someten a quienes les rodean, aunque de muy diversas maneras. Horacio Vázquez Rial (en su introducción a esta novela breve, editada por la Biblioteca de El Sol en 1991) señalaba esta relación entre estos dos héroes melvillianos: "Si Ahab implicaba a los pobladores de su mundo en su obstinada acción hasta el punto de llevarles a la muerte, Bartleby implica a cuantos le rodean en su obstinada inacción y les conduce a un punto del que tampoco hay regreso". Obstinadas acción e inacción. Sí. Puesto que "el desafío de Ahab es activo; el de Bartleby, contemplativo. Pero ninguno de los dos, ni el que elige hacer ni el que prefiere no hacer, se somete".

    Las últimas frases de la novela redimen a Bartleby y a su jefe. Después de la indignación, con el final llega la calma y cierta sensación de culpabilidad. El ser implacables con nuestros semejantes cuando éstos no cumplen unas espectativas determinadas por una sociedad demasiado humana... Cada cual que decida por sí mismo. Corren malos tiempos para la lírica, el egocentrismo está a la orden de día y al final siempre nos dejamos arrastrar por la mayoría... Aunque nos queda siempre el regusto amargo de comprender que Ahab y Bartleby murieron por un ideal inalcanzable. Luchando.

  7. Si...

    domingo, 18 de abril de 2010


    Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
    cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
    Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,

    y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.

    Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;

    si engañado, no engañas, si no buscas más odio,
    que el odio que te tengan...
    Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres;

    si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.

    Si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo;
    si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
    Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota,

    y a los dos impostores les tratas de igual forma.

    Si logras que se sepa la Verdad que has hablado,

    a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
    Si vuelves al comienzo de la obra perdida,

    aunque esta obra sea la de toda tu vida.

    Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría

    tus ganancias de siempre a la suerte de un día;
    y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
    sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.

    Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,

    aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga,
    y se agarren contigo cuando no quede nada
    porque tú lo deseas y lo quieres y mandas.

    Si hablas con el pueblo, y guardas tu virtud.

    Si marchas junto a Reyes con tu paso y tu luz.
    Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.
    Si todos te reclaman y ni uno te precisa.

    Si llenas el minuto inolvidable y cierto,

    de sesenta segundos que te lleven al cielo...
    Todo lo de esta tierra será de tu dominio,

    y mucho más aún: serás Hombre, hijo mío.


    Rudyard Kipling, 1896


  8. La balada del café triste - Carson McCullers

    miércoles, 7 de abril de 2010

    The ballad of the sad café (1951)
    Carson McCullers


    Traducción de María Campuzano
    Ed. Seix Barrall, Barcelona, 1984

    Marvin Macy era un indeseable, un asesino en potencia, un deshonra-mozas y un maleante hasta que Amelia Evans se cruzó en su camino. Entonces se produjo la metamorfosis por obra y gracia del amor y, en apenas dos años, de aquel pollo no quedó ni la sombra de lo que fue. Se arrastró por el fango por Miss Amelia, pero ella no estuvo por la labor de dejarse querer y, tras un matrimonio de 10 días de convivencia, ella le echó de su casa como a un perro.

    Amelia Evans era una mujer extraña. Pero mujer, a fin de cuentas, y humana, para más inri. Y ya que "las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor", se enamoró de un supuesto primo suyo, Lymon Willis, alias "primo Lymon": enano, feo hasta el agotamiento visual, jorobado, picajoso, caradura y llorica. Pero ella se enamoró. Perdidamente, además. Tanto o más que Marvin Macy de ella. Sin embargo ni Marvin enamorándose de una mujer como Amelia, ni la propia Amelia, enamorándose como una becerra del primo Lymon, cometieron un error. No. Nada de errores. El amor puede esclavizar, idiotizar, anular o elevar a las cumbres más altas, pero nada de errores, porque como diría Antonio Gala, es solo el mecanismo de ósmosis del amor: al jorobado lo endereza y a la mujer dura e inteligente, que no admite ni el más mínimo desliz, la convierte en una indolente...

    Carson McCullers y su marido Reeves McCullers

    Parece que en esta novela existe un trasunto de algunas de las relaciones personales de la propia autora. Dicen que tras el triángulo amoroso Amelia-Lymon-Marvin se hallan la propia Carson, su esposo, Reeves McCullers y el compositor David Diamond.
    (...) Recordando las razones por las que se divorció de Reeves, Carson omite mencionar que se sintió traicionada cuando Reeves y Diamond se trasladaron a Rochester y la dejaron fuera de esa relación triangular que ella deseaba (...)

    explica Carlos L. Dews, en su prólogo a Iluminación y fulgor nocturno: autobiografía inacabada de McCullers (Ed. Seix Barral, 2001). Otros consideran que tras esos personajes, aparte de la autora, podrían hallarse la escritora suiza Annemary Clarac-Shwarzenbach o Katherine Anne Potter, de quienes Carson McCullers estuvo enamorada, según confiesa en sus memorias.

    No obstante, todo esto es irrelevante para disfrutar de esta novela...

    Habría muchísimo que descatar en ella, y no deja de ser sorprendente, dada su brevedad. Amelia Evans es un personaje fascinante. Por ejemplo, ¿qué clase de persona podría ser capaz de regalar como prenda de amor las piedras de un cálculo renal? No, no os riáis: para Amelia esas piedras simbolizan el máximo dolor físico que ha sufrido en su vida. Y por eso se las ofrenda a su amante. Pero aún con ésas, ni las más exacerbadas muestras de respeto y de amor pueden cangearse la más mísera lealtad por parte de Lymon. El desenlace de la lucha es vergonzoso. La actitud cobarde el pueblo es bochornosa. Pero así lo quiso el Destino, y Amelia jamás renegó: se dejó llevar por la inercia de la apatía, sin más, entregándose al abandono con la misma pasión con la que antaño se dedicó al jorobado que se fue tras los pasos del exmarido y presidiario.

    No es actitud saludable el desear mal a nadie, pero qué queréis: ojalá los rumores del pueblo sobre el destino del primo Lymon fueran ciertos.
    ... Pese a Amelia.


    Carson McCullers


  9. La carretera - Cormac McCarthy

    miércoles, 31 de marzo de 2010


    Cormac McCarthy publicó La carretera (The road, 2006) con 73 años. En aquel tiempo su hijo menor, John Francis McCarthy, tenía 8 años y cuenta McCarthy a Oprah Winfrey, en la primera entrevista televisada concedida por el autor (junio de 2007), que ser padre en edad avanzada le inspiró esta obra.


    En la entrevista explica que la idea le surgió en un viaje que hizo con su hijo pequeño a El Paso. Una medianoche, con su hijo durmiendo a su lado, observó el paisaje y pensó en cómo sería al cabo de 50 ó 100 años. Anotó algunas ideas, y algún tiempo después, surgió la novela.

    A sabiendas de que su hijo le inspiró, el final no sorprende. El personaje del "el padre" tiene una edad indefinida -solo sabemos que supera los 40 años-, pero está enfermo: tiene ataques de tos con sanguinolentos resultados a lo largo de toda la obra. McCarthy tendría a su hijo John Francis a la edad de 65 años. La vida se agota, el mundo es como es, y los hijos continuarán viviendo en un futuro que sus padres no verán dada la edad y la enfermedad y, como es natural, los pequeños crecerán e irán adaptándose a los cambios y al mundo que sus antepasados les han legado. Esos niños se encontrarán con malos a secas, con malos malísimos, con gente-bazofia y con gente buena... En fin: es posible que hasta existan más buenos que malos, pero ¡es que los malos hacen tanto ruido! Y ciertamente éstos parecen hasta más fuertes, pero los buenos son más resistentes. No obstante, el rosicler del último amanecer no le evita al avisado lector la sensación del fracaso al que ha llegado el hombre.


    Con la lectura de esta novela es inevitable no pensar en la Humanidad asumiendo las consecuencias de su trato con el planeta... Y es aterrador plantearse una existencia así. Por eso, lo que más toca la fibra sensible es la apabullante esperanza que se trasmiten ambos personajes, padre e hijo. Su capacidad de lucha y de superación. O la asombrosa dimensión humana de ese chico.

    Sin duda, el de McCarthy es uno de los legados más lúcidos y emocionantes que un padre puede brindarle a un hijo desde la distancia de los años.


    Imágenes del film The road, dirigida en 2009 por John Hillcoat y protagonizada por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee.

  10. El autobús perdido - John Steinbeck

    martes, 30 de marzo de 2010

    The wayward bus (1947)John Steinbeck

    Traducción de Federico y Antón Corriente Basús
    Ed. Punto de Lectura, Madrid, 2007


    "Vas a tener que creer lo que voy a decirte hasta que lo aprendas por tu cuenta... Todo el mundo es una golfa o un vagabundo, y anda perdido alguna vez en la vida. Todos. Y los peores de todos son los que no lo reconocen y lo llaman de otra manera".

    Camille Oaks (Capítulo 20)


    Esta novela es una joya.
    Una joya en bruto y con aristas que arañan la piel, especialmente en lo que respecta a personajes como Van Brunt...


    Es una obra un poco pesimista. Trasmite un sensación aplastante sobre la falta de voluntad de las personas para cambiar, ya sea por comodidad, por cinismo, por desengaño o por desilusión ante las circunstancias de la vida. Cada uno de los 10 personajes que pasean palmito por entre estas páginas están solos, deben cambiar, lo saben, pero no hacen nada al respecto, sino que gastan sus esfuerzos en mostrar un buen plumaje o en forzar a los demás a aceptarles tan y como son.
    Juan Chicoy lo intenta, intenta cambiar de vida. Entrega su voluntad a Nuestra Señora de Guadalupe soñando con la libertad en su México natal, pero sucumbe a la pereza. Su mujer, Alice, ni se lo plantea: ella prefiere evadirse ahogándose en whisky con cerveza. Por su parte, la rubia Camille Oaks tampoco cambiará -si acaso, de nombre-, no hasta que su belleza y su cuerpo aguanten. Continuará tirando de esa clase de vida hasta no poder dar un paso más. El Sr. Pritchard le ofrece un puesto de recepcionista (cap. 17), pero Camille o bien no se fia o no quiere fiarse, y rehúsa. ¿Y el Sr. Pritchard? ¿Después de su ayuda a Van Brunt o de padecer las salidas de tono de su mujer Bernice, cambiará? Posiblemente no, porque eso supondría cambiar de vida de forma radical y él tiene miedo. Demasiado. La Sra. Pritchard tampoco evolucionará tras la experiencia vivida con el resto de sus compañeros de viaje, ni aún tras habérsele quedado grabada la conversación sobre Loraine que mantienen Camille y Norma. Norma tiene el arrebato y el coraje de dejar su trabajo como camarera en Rebel Corners, pero encontrará otro similar en San Juan de la Cruz o en Los Ángeles. Ernest Horton ni se plantea el cambio, ¡demasiado tiene con sobrevivir! Y máxime yéndole como le va. Y encima, si tuviera que volver a la guerra, volvería. ¿Tal vez Kit Carson, alias Pimples, hará algo diferente con su vida después de todo? No. Empezará su curso sobre radar y eso no le reportará gran cosa: seguirá trabajando como mecánico en Rebel Corners, junto con Alice y Juan. Y cada día verá cómo el Swetheart saldrá a las 10:30 a. m. y regresará por la tarde a eso de las 4:00 p.m. Y así, día a día...

    Fue desde el capitulo 19, dedicado a Van Brunt, cuando me di cuenta de que algo pasaba con estos personajes. Van Brunt es quizás el único del que sabemos con certeza que ha sufrido un cambio. Ya no le tendrá miedo a nada, porque lo que más temía le acaba de suceder. En definiva, Steinbeck da a entender que, pese a que un individuo no pretenda cambiar -sea cuales sean sus motivos-, hay que aceptarlo tal y como es, pues probablemente ese individuo esté haciendo lo propio con nosotros mismos. Además, ¿quien es nadie para juzgar a nadie? Es la esencia de la dignidad humana. El respeto y la aceptación del prójimo.

    San Juan de la Cruz aparece en lontananza, al final de la carretera... Como dice Camille, todos nos sentimos perdidos en algún momento de nuestra vida, pero ¿estamos preparamos para el cambio, o para la aceptación de nosotros mismos? San Juan de la Cruz aparece al final de la carretera... Y quién sabe si allí le espera un cambio sustancial a alguno de ellos.


    "Mi viejo tenía fe en dos cosas. Una era que la honradez se veía recompensada de una forma o de otra. Pensaba que si un hombre era honrado, de alguna manera saldría adelante; la otra, que si trabajaba duro y ahorraba, podría reunir un dinerillo y sentirse seguro. (...) Se dió cuenta de que los personajes más admirados no eran honrados en absoluto. Y murió preguntándose, haciéndose cruces, algo espantoso, por qué las dos cosas en las que había creído no servían: la honradez y el ahorro."
    Ernest Horton (Capítulo 17)


  11. Billy Budd, marinero - Herman Melville

    lunes, 29 de marzo de 2010

    Billy Budd, sailor (1891, publicado en 1924)
    Herman Melville


    Traducción de José Rafael Hernández Arias
    Editorial Valdemar, Madrid, 2008.
    Págs. 159 - 282


    Por sorprendente que pueda parecer, he "recalado" en Herman Melville a través de Elizabeth Gaskell. Estaba hace algunas semanas leyendo Los amores de Sylvia (Sylvias´s lovers, 1863) y me picó la curiosidad por la caza de la ballena... Así que, ni corta ni perezosa, de Monkshaven (ambientación ficticia de Whitby, Inglaterra) viajé sin transición hasta Nantucket (EE.UU.) para embarcarme en el Pequod e ir en busca de Moby Dick. Tanta fue la necesidad que no llegué ni a acabar la novela de Gaskell, y como Moby Dick me entusiasmó, seguí leyendo a Melville. Escogí Billy Budd al azar, ¡y cual no sería mi sorpresa cuando de nuevo me remitió a la novela de Gaskell! Y es que Billy Budd y Los amores de Sylvia se sitúan cronológicamente a finales del siglo XVIII en Inglaterra (Melville ambienta su historia en el verano de 1797; Gaskell amplia el periodo a varios años, pero la acción da comienzo en 1796), y ambos tocan el tema de las levas inglesas que se llevaron a cabo para guerra naval contra Francia. A Sylvia Robson le cambian la vida y Billy Budd es reclutado mediante una leva para alistarse en el "Bellipotent". Es decir: a ambos protagonistas las levas inglesas de finales del XVIII les afecta de forma directa.
    Así que ya véis: por el tema de la caza de la balleza que aparece en Los amores de Sylvia leí Moby Dick, que me entusiasmó tanto que continué leyendo a Melville con Billy Budd, que a su vez volvió a remitirme a Los amores de Sylvia debido al tema de las levas inglesas de finales del XVIII por orden del
    rey Jorge III (1760-1820). ¡Así es la literatura!


    Billy Budd no es un relato aburrido. ¡No hagáis caso de quienes lo proclaman sin haberlo leído hasta el final y tratad de descubrirlo por vosotros mismos! Me he encontrado con muchos lectores que han condenado esta obra de "pesada", pero eso solo se debe a los primeros capitulos, aquellos en los que Melville hace una disertación sobre las causas históricas que provocan el reclutamiento de Billy por las levas (capítulos III y V, inclusives). Pasado ese Rubicón, se nos presenta el carácter moral de los tres personajes principales: Billy Budd o Baby Budd (descrito en caps. II, IX y a lo largo de la narración), el capitán Honorable Edward Fairfax Vere (descrito en caps. VI y VII), alias "Vere el Estelar" y John Claggart, alias Jemmy el Piernas, suboficial y maestro de armas (caps. VIII, XI y XII).

    Es una de las historias más simples que se pueda imaginar y, sin embargo, t
    iene una complejidad asombrosa a causa de los rasgos morales, políticos y teológicos que plantea. Los tres personajes citados corresponden a una tipología humana de carácter simbólico. Además, las referencias a personajes y situaciones bíblicas es omnipresente, pero no es lastrosa, sino que sirve para darle mayor carga moral a los personajes y sus reacciones.

    Claggart es quien parece más interesante por su manía insana hacia Billy. De forma inevitable cae mal: es irracional y se deja arrastrar por una envidia depravada, absurda. Está enfermo, de la misma manera que lo está el capitán Ahab con respecto a Moby Dick. Y ambos personajes no dejan de ser fascinantes (Claggart, que conste, no tiene tanta categoría como Ahab). La conciencia de Claggart es de las que hace "ogros de enanos"; esa clase de tipos que permiten que el Destino se desate por un plato de sopa derramada. Físicamente es tan hermoso como Billy. Es más inteligente, más culto y tiene más mundología que Billy... ¿por qué odia entonces al joven marinero? ¿Por su inocencia? ¿Es Claggart un ángel caído que envidia a un serafín por su estado de gracia e inocencia, porque nunca ha sido mordido por la serpiente de la malicia? Sí. Claggart quiere ser como Billy Budd, pero su propia naturaleza se lo impide. ¡Fatalista y estúpido Claggart, que prefieres acabar con el enemigo y seguir siendo un miserable a tratar de mejorarte a tí mismo tomando ejemplo de lo que es digno de admiración!

    Con todo, y no obstante la indudable atracción que provoca la irracionalidad de Claggart, creo que la esencia de la obra se halla en las actitudes de Billy y el capitán Vere, tras la accidentada muerte de Claggart.
    Las actitudes del marinero y el capitán son ambigüas, todo resulta ser demasiado relativo cuando se pretende juzgar a ambos personajes, no siendo éste el caso de Claggart. ¿Acaso Billy Budd es demasiado estúpido dentro de su inocencia e ignorancia? Sí. Es un simple, un alma cándida, sin mácula. Si hubiera sopesado las consecuencias que acarrearía su golpe mortal puede que se lo hubiera pensado dos veces: pero carecía hasta de la malicia de la previsión. Y además, "¿qué podían saber Billy sobre los seres humanos, si su contacto estaba limitado a simples marineros?" (atención a la descripción que realiza Melville en el cap. XVI sobre los mismos, no tiene desperdicio). ¿O acaso es que el capitán Vere es demasiado egoísta, un impulsivo capaz de sacrificar a un inocente por miedo a la rebelión? En parte, este miedo tiene justificación: la historia se desarrolla durante el verano de 1797, y teniendo en cuenta que los motines de Spithead y del Nore fueron en abril y mayo respectivamente... Otros aspectos le salvan del odio absoluto por parte del lector: su conciencia del asunto ("Golpeado mortalmente por un ángel de Dios! ¡Ahora el ángel tendrá que ser colgado!") y las últimas palabras de Billy.

    De todas formas, el narrador nos da la clave en el primer párrafo del capitulo VI: "A bordo del setenta y cuatro cañones (...) muy poco en el comportamiento de los hombres y en la actitud de los oficiales podría sugerir a un observador ordinario que el Gran Motín había sido un acontecimiento reciente". Es decir, que el miedo estaba instalado de antemano en la mente de Vere, inducido por Claggart: no existía una amenaza real.

    De todo ello queda clarísimo, eso sí, que sobre la Tierra el Mal triunfa sobre el Bien. Para Melville el Hombre está marcado por el hereditario pecado original y lo viene arrastrando desde que Adán mordió la dichosa manzana del Árbol de la Ciencia. Una marca que le determina y que distorsiona su existencia, sin remisión.
    Y eso ya lo demostró con creces en Moby Dick.
    Pese a ello, jamás rigen las leyes divinas sobre las humanas. Y si lo hacen, tarde o temprano las humanas prevalecerán. ¿Qué importa que Billy Budd sean un ángel? ¡Hay que colgarlo! Melville a este respecto es bastante astuto y, en el capítulo XXVI, nos deja con la duda de si la muerte real de Billy fue causa de la soga o de una especie de fuerza de voluntad o eutanasia: ¿quién le administra esa eutanasia a Billy? ¿La fuerza de voluntad pudo ser insuflada por la divinidad? La duda queda ahí.

    Hay un personaje que me resultó muy atrayente. Es el viejo veterano danés que había formado parte de la tripulación del Agamemnon, a las ordenes de Nelson. Un hombre "parco en palabras, lleno de arrugas y con unas cicatrices honrosas" en su cara de brujo, que le da consejo a Billy a más de ponerle el sobrenombre de Baby, y que es conocido en el Bellipotent por el apodo de "Al-abordaje-entre-el-humo" ("Board-her-in-the-smoke", capítulo IX).

    Finalmente solo señalar que se me queda una espina clavada: la balada que le da punto y final al relato quiebra de mala manera el clímax. No deja de ser útil, pues demuestra que los marineros ni juzgaron a Billy -¡ni tan siquiera se enteraron de los acontecimientos!- ni le despreciaron por su muerte. ¡Ay, pero si hubieran sabido la verdad! Acaso se hubieran amotinado para cargarse ellos mismos al Piernas, en plan Fuenteovejuna..., si bien es cierto que de seguir con vida Claggart, Billy no habría sido condenado.

    El cordero sacrificado al Mal.
    La Ley del Talión.
    Justos por pecadores...


  12. Moby Dick - Herman Melville

    miércoles, 24 de marzo de 2010

    Moby Dick, or the whale (1851)
    Herman Melville



    Traducción de Enrique Pezzoni
    Debolsillo, 2003
    ISBN: 9788497594875


    Moby Dick
    es el terror hacia lo Indefinido. El animal en sí, el Physeter macrocephalus (cachalote; en inglés sperm whale, un apócope de spermaceti whale) no es ninguna broma: posee el cerebro más grande del reino animal y es el animal dentado más grande que existe en la actualidad... Ahí es nada. Ismael nos lo recuerda a menudo, con sus abundantes referencias a la malignidad e inteligencia táctica de Moby Dick. Si a ésto se le añade la posibilidad de que un macho adulto puede llegar a medir más de 20 metros de longitud, la cosa se pone más interesante. Es más, en el Museo de Ballenas de Nantucket se conserva una mandíbula de
    5, 5 metros, y afirman que el propietario de tal osamenta llegó a medir 24 metros de largo... Y se estima que el cachalote que hundió el ballenero Essex, uno de los incidentes que inspiraron a Melville para Moby Dick, medía más de 26 metros.

    El tema central es el conflicto entre el capitán Ahab y la gigantesca Ballena Blanca, Moby Dick, que le mutiló una pierna al capitán a la altura de la rodilla. Ciego de venganza, Ahab se lanza en una incansable búsqueda por los mares del mundo, a bordo del Pequod, arrastrando al resto de su tripulación hacia la consecución de su monomanía: cazar a su enemigo. La obra trasciende el relato de aventuras para convertirse en una alegoría sobre el Mal Indefinido e Inefable, personificado en Moby Dick, monstruo que ataca y destruye todo lo que se interpone en su camino, y personificado también en el propio Ahab, en tanto que él es la maldad absurda y obstinada de la venganza que arrastra todo a su paso, obligando a los demás no solo a acometer una empresa que no les corresponde, sino también a morir por una causa que no les incumbe:


    "Era un solo hombre, y no treinta, pues de la misma manera que el buque que los llevaba a todos, aún formado por las cosas más opuestas y diversas (roble, arce y pino; hierro, pez y estopa), quedaban todas unidas para constituir un casco completo, dirigido por la larga quilla central, así ocurría con las individualidades de la tripulación".

    Sin embargo, ¿quién representa el Bien y quién el Mal?

    Melville elude magistralmente los maniqueísmos, juzga el Bien y e
    l Mal con una sorprendente ambigüedad y explora diversos niveles de comprensión que hacen esta obra profunda y eterna: no en vano ésta es su obra maestra... Es triste pensar que murió sin ser consciente de la joya literaria que había dado al mundo, ¡y tenía poco más de 30 años cuando la escribió! Pero Moby Dick pasó desapercibida. Incluso quienes la leyeron, le tomaron por loco. En parte no es de extrañar, dado el carácter de sus personajes. Éstos apenas tienen la posibilidad de vivir en la sociedad, y no es ya que no la tengan, sino que ni la buscan: Bulkington, Quequeeg, Ahab, el propio Ismael, que cada cierto tiempo siente la necesidad de embarcarse... En Moby Dick, todos viven en una situación límite. Apenas pisan tierra firme. Es más, al capitán Ahab solo se le ve a bordo del Pequod. Habitan en un barco, un espacio reducido donde prima la dictadura de Ahab (hasta existen escalafones sociales que muy bien se reflejan a la hora de comer), sin posibilidad de escape como no sea mediante la muerte. Son 3 años sin recalar a puerto, llevan todo lo preciso en el barco. Existen por doquier fracasos, desilusiones, locura, miembros amputados, silencios, instintos asesinos (Starbuck, el más arraigado a la tierra, el único que se enfrenta a Ahab, con el mosquete apuntando hacia la puerta cerrada del camarote del capitán y calculando dónde estaría su cabeza, Dios mío). El rebelde pronto comprende que es absurda su postura, y que es preciso acatar la ley impuesta por Ahab, ya que ésto es vital para su supervivencia.








    "Hay un Dios, que es el Señor de la Tierra, y hay un capitán, que es el Señor del Pequod..."


    "Solo le pido que Ahab tenga cuidado con Ahab. Tenga cuidado consigo mismo, viejo amigo".



    Pero también hay amistad y lealtad en medio de la desolación existencial que como una bruma rodea al Pequod: no ya solo la amistad que une a Ismael y a Quequeeg, sino también la que relaciona a Ahab y a Starbuck. Y hay tenacidad, y capacidad de superación por alcanzar un objetivo, ya sea éste propio o ajeno.

    Sin duda, esta es una novela que hay que leer, en algún momento de la vida...



    ¡Sí..., por allá resopla! ¡Lanzad, lanzad inmisericordes vuestros arpones templados con sangre humana a la Ballena Blanca, incautos ensoberbecidos!...
    ¡Ella no se dejará domeñar jamás, pues no ha nacido para ser domesticada!




  13. Reflejos de luna - Edith Wharton

    martes, 23 de marzo de 2010

    The glimpses of the moon (1922)
    Edith Wharton



    Ediciones B, Barcelona, 1996.
    Traducción de Monserrat Serra
    ISBN: 9788440646934

    También titulado La soñada aventura.
    Editorial Juventud (Colección Universal), Barcelona, 1994.

    Traducción de Ernesto de los Reyes
    ISBN: 8426128025


    Edith Wharton publicó esta novela en agosto de 1922, casi un año después de haber recibido el Premio Pulitzer por La edad de la inocencia. Como en gran parte de su obra, el tema de esta novela se centra en el matrimonio y en la presión que la sociedad ejerce sobre el mismo, acabando casi siempre con las posibilidades de felicidad entre las parejas que no abogan por el adulterio o el engaño.

    La novela, en referencia al título, se inicia con un reflejo de luna sobre
    un lago donde Susy Branch y Nick Lansing pasan su luna de miel. Son dos jóvenes pobres que vivían holgadamente de la caridad de sus amigos ricos a cambio de compañía y favores. Dadas las circunstancias de sus vidas -Nick vive de escuetas rentas por sus escritos y Susy es dama de compañía-, así como sus fuertes inclinaciones hacia el lujo, enamorarse y casarse no era lo más sensato, pero es lo que hacen, inspirados por Nat y Grace Fulmers, cuyo "matrimonio era una terrible lección contradictoria para la gente joven que se casa, perdiendo la cabeza", y que, no obstante las penalidades, en su hogar "flotaba un ambiente de felicidad que en vano se habría buscado en casa de la más opulenta y mejor avenida de las familias a quienes Susy y Nick ayudaban habitalmente a bostezar"... Sin embargo, Susy y Nick plantean el matrimonio como una aventura, un negocio, una asociación por intereses comunes: pretenden sacarle partido al matrimonio viviendo durante un año una luna de miel a costa de sus amigos, quienes les ofrecen casas y dinero. Al cabo de un año, y si la cosa se pone más interesante economicamente para alguno de los dos, convienen en divorciarse y seguir cada cual por su camino, pues las leyes de Estados Unidos facilitaban el divorcio y "la sociedad se empezaba a mostrar tan comprensiva como las leyes". Es decir: si uno de los dos obtiene una oportunidad de casarse con alguien rico, el matrimonio será deshecho. Sin contemplaciones. Sin contar con el amor.

    Los primeros meses son maravillosos, sí, pero,
    ¿qué puede esperarse de una pareja que, sin apenas ingresos, vive a expensas de los demás, como "pordioseros distinguidos" (Nick, cap. XII), bajo la humillación de ser marionetas del poderoso ricachón que no sabe ni lo que quiere? ¿Qué, cuando los conceptos de moralidad son tan diferentes? "¿Es que hemos nacido parásitos?", se pregunta Nick (cap. X). El amor en sí mismo no admite la frialdad de los negocios.
    No será esa circunstancia lo que les separe desde un principio,
    sino la falta de comunicación y la incomprensión. Pese a que han vivido de forma similar, sus concepciones morales son muy diferentes. Se separan y tratan de regresar a los hábitos de sus antiguas vidas, pero lo cierto es que su experiencia en común les ha hecho mella.

    Es Charlie Strefford quien resume el estado de ilusión que no pude llegar a buen término en una sociedad de posguerra como la de principios del XX:


    "(...) ¿Es que creíais que tú y todos los que dicen las cosas como vosotros os vais a escapar de lo que es ley común y pensábais sobrevivir como unos románticos enamorados, mientras que en torno vuestro todo lo que quiere ser eterno se deshace en pedazos, y los estados de vuestro país que autorizan el divorcio hinchan sus bolsas con los impuestos que por ello cobran?" (Cap. XIV)