viernes, 11 de diciembre de 2009

La obra - Émile Zola

La obra
(L´Oeuvre,
1886)
Émile Zola


Traducción Jose R. Monreal Salvador
Ed. Debols!llo, 2008



Si existe un autor que me haga hervir la sangre en las venas, ése es Zola. Me parece magistral. Por eso me planteé ir comentando todas las obras que he tenido la suerte de leer -digo "suerte" porque he sudado sangre para conseguir algunas en castellano-, pero lo cierto es que esta novela, en concreto, no me va a ser fácil: Me tocó la vena, me raspó la telilla del cárdias y la pena se me instaló en el estómago, bien asentada. Es lo que tiene el naturalismo, claro. Pero hasta hoy no he encontrado una literatura tan cruda, tan real como la de Zola. Si leéis Germinal, sentiréis físicamente el hambre, lo padeceréis aunque estéis saciados, y si léeis El vientre de París renegaréis de la comida, ahítos y empachados ad nauseam... Así que nadie se llame a engaño: La obra duele, escuece y levanta ampollas. A mí aún no se me han curado y mientras escribo ésto las siento latentes...

En esta novela se narra la vida de Claude Lantier. ¿Le recordáis? Os refresco la memoria: Claude es hijo de Gervaise Macquart y de Auguste Lantier (La taberna), y hermano de Étienne Lantier (Germinal), de Naná (su novela lleva nombre homónimo) y de Jacques Lantier, protagonista de La bestia humana.
Al parecer, Claude Lantier es practicamente un trasunto físico y psíquico de Paul Cézanne (imagen de la izquierda), con algunos rasgos del carácter de Edouart Manet y Claude Monet, amigos de Zola y en quienes también se inspiró para su personaje. El propio Pierre Sandoz sería el álter ego de Zola y Bongrand estaría inspirado en Gustave Flaubert (a la derecha). También existen ciertas veladas celabradas cada jueves en la casa de Sandoz que son muy parecidas a las llamadas del "grupo de Médan"...
No obstante, pese a estas concomitancias, no debe verse esta obra como la realidad velada, sería un error. Más bien, y como dice muy acertadamente en el prólogo Ignacio Echeverría, habría que leerla como una especie de elegía a la juventud luchadora e idealista en la que Zola y sus compañeros habían militado. En especial Claude, que es un intelectual bohemio tan idealista que no desea someterse a los intereses comerciales, sino a la calidad estética. Está imbuído por el "olor a lucha de las calles" parisinas. Pero es un olor callejero, no de Salones. Al final se da cuenta de la inutilidad de su actitud, porque sus ideales no encajan en la sociedad aburguesada que tiene el dinero para pagar el arte. La miseria de la bohemia sucumbe ante el poder del dinero y los aborregados gustos burgueses.

Dubuche (¡ay, Dubuche!), Jory y Mathilde Jabouille, Fagerolles e Irma Bécot, Gagnière, Bongrand, Mahoudeau, Chaîne... Todos transitan por estas páginas dejando su impronta. Algunos se venden a la Doblez Hipócrita y, en apariencia, triunfan; otros sucumben a la vorágine del mundo en movimiento; otros son devorados y escupidos por la diosa Codicia, pero ninguno goza ni un ápice de satisfacción real, duradera. Todos tienen pies de barro menos Sandoz y Henriette, su mujer. No es paradójico que Sandoz fuera una especie de álter ego de Zola, desde luego...


Dentro de la cronología interna de Los Rougon- Macquart Claude, que nace en 1842, tiene 8 años cuando sus padres llevan a París. Al año siguiente tiene "la gran oportunidad de dejar París para regresar al rincón de la Provenza donde nació", (es decir, Plassans, trasunto ficticio de Aix-en-Provence). Este regreso se debe a que Gervaise, abandonada por Lantier y con dos niños a su cargo -Claude y Étienne- y recién casada con Coupeau, está ahogada económicamente, pero un viejo escéntrico aficionado a la pintura que observa en Claude dotes de artista, le ofrece estudios. Gervaise acepta aliviada: una boca menos que alimentar y un hijo con un futuro provechoso.

En Plassans vive durante 7 años. Allí conoce a Pierre Sandoz y a Louis Dubuche, con quienes -
tras la muerte de su protector- regresará a París y compartirá más penas que glorias en el París bohemio del Segundo Imperio. Es en El vientre de París donde se cita algo de esos años inmediatos al regreso, años en los que Claude vivió cerca de Les Halles y donde trató en vano de pintar un cuadro colosal de Marjorin y Cadete amándose sobre una montaña de hortalizas en medio del Gran Mercado Central de París.
Son años perdidos.
Tras esta etapa comienza la que se narra en La obra. Una lluviosa madrugada de julio, Claude,


como el buen artista que gusta de pasear ociosamente, enamorado del París nocturno
vuelve a su buhardilla en el quai de Bourbon. En el portal descubre a Christine Hollegrain, una muchacha de 18 que trata de resguardarse de la lluvia... Será el inicio de una historia de amor al estilo de Zola..., lo cual, ¡ojo!, no quita que ese primer capítulo sea uno de los más hermosos que haya podido escribir este crudo novelista francés.

Sin embargo ese amor se irá deteriorando en Claude a medida que su Pasión hacia la pintura le vaya consumiendo hasta el suicidio, su triste inmolación, ante su última obra inacabada e inacabable. Es la llamada de la sangre de los Macquart, es el Destino de Claude Lantier.
El salto demasiado corto o demasiado largo, el desequilibrio nervioso, el desarreglo hereditario que, por algunos gramos de más o de menos, en vez de hacer un gran hombre haría un loco (pág. 330).

El gran desencadenante es la muerte de su único hijo, Jacques Louis Lantier, con solo 12 años de edad, idiotizado y con hidrocefalia. Si a eso le añadinos como aderezo la miseria omnipresente y la impotencia ante la creación artística, amén del dichoso determinismo hereditario y social, la mezcla resulta explosiva.

2 comentarios:

  1. Excelente artículo, Hypathia. Creo que consigues transmitir perfectamente todo lo que supuso para ti la lectura de esta obra, que se adivina tan apasionada como la escritura de este artículo.

    Enhorabuena. Si ya tenía ganas de leer Germinal no has hecho más que reavivarlas.

    Saludos :)

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  2. Pues espero releer Germinal contigo, Gabo... Habrá que instarte a hacer pacto de libro. ^_^

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