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  1. La abuela española de Lolita Haze

    viernes, 15 de enero de 2010

    Hace unos meses, organizando los libros de mi biblioteca, redescubrí un libro de relatos de Armando Palacio Valdés titulado Polifemo. Es una edición de abril de 1983, publicada por la editorial Bruguera (qué tesoros no publicaría esa editorial por aquellas décadas), con ilustraciones de Mabel Álvarez. Costaba 200 pesetas... El caso es que lo estuve hojeando. Tiene algunos títulos que me parecieron muy seductores, como El crimen de la calle Perseguida o El potro del señor cura. Pero lo que me decidió a leer uno de esos ocho relatos se debió a una serie de ilustraciones -que veréis a lo largo de este artículo- que me recordaron mucho a la historia de Lolita de Vladimir Nabokov. Ese cuento lleva por título Los puritanos. En aquel mismo intante comencé a leerlo, desde luego: la curiosidad me pudo. Y me llevé una sopresa al ver que este cuento guardaba ciertas conexiones con la obra maestra de Nabokov.

    La historia es la siguiente:

    El narrador, que vive solo en una pensión de Madrid, accede por falta de espacio a compartir sus habitaciones durante unos días con un desconocido, don Ramón, un hombre que llega a la capital para gestionar algunos asuntos de familia. Pronto congenian y descubren que tienen bastantes cosas en común, como por ejemplo cantar mientras realizan sus abluciones. Don Ramón casi siempre tararea un fragmento de la ópera Los puritanos (I puritani) de Vincenzo Bellini, aquella parte en la que Ricardo dice (acto I):

    Bel sogno beato
    Di pace e contento,
    O cangia il mio fato,
    O cangia il mio cor.
    Oh! Come è tormento
    Nel dì del dolore
    la dolce memoria
    D´un tenero amor...

    Al ser cuestionado por esa pequeña manía matutina, don Ramón cuenta su historia. Y es que cuando contaba con 29 años tuvo que hacer un viaje de algunos días a Madrid. Un día, en uno de sus paseos diarios por la capital, una muñeca le golpeó en la cabeza. Al mirar hacia arriba descubrió en un balcón a una niña de mirada aterrada. Él, solícito y caballeroso, le subió la muñeca, pero la muchacha, tras un tímido "¡gracias, señor!", le dió con la puerta en las narices. Don Ramón regresó decepcionado a la calle, pero aún no había avanzado una docena de pasos cuando volvió la mirada hacia el balcón, embrujado por la belleza de la pequeña. Y allí estaba ella, mirándo cómo don Ramón se alejaba.
    Desde ese día ambos comienzan un juego de encuentros y desencuentros, ella siempre asomada a su balcón, él siempre rondando su calle. Don Ramón comienza a sentir
    hacia la niña una pasión tan febril que apenas puede explicarse. Durante varios días
    "(...) se generalizó por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado, por lo que a mí respecta - narra don Ramón-, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo".

    Se siente avergonzado de su actitud: es un hombre casado, tiene hijos, vive en Valencia, es solo un ave de paso en Madrid, y está enganchado de una niña de 13 años, ¡él, a sus 29!... "¡Cual sería el dolor de mi pobre mujer si llegase a averiguar que su marido anda por la Corte enamorando chiquillas!". Sin embargo, está vencido. Llega un momento en el que no soporta más la tensión y le escribe una nota que, envuelta en una moneda, arroja al balcón de la muchacha como quien lanza una botella al mar: "Me gusta usted muchísimo", le dice. Y el
    la no tarda en responderle: "Tan bien ustez me gusta a mí, no crea que juego con muñecas, era de mi hermana". En otra nota le dice que se llama Teresa, y así se inicia un intecambio de mensajes. Pero Ramón se siente culpable y decide olvidar a Teresa. Durante varios días ni se atreve a pasar por la calle Infantas, la de Teresa. Incluso llega a olvidarla.
    Un atardecer, sin embargo, se ve obligado a pasar por allí. Anda deprisa, mirando al suelo y, de pronto, un brazo en su brazo. Se gira y se encuentra de frente a Teresa, con la mirada risueña y con gesto de reconvención: dónde ha estado, por qué no ha ido a verla. Don Ramón se siente morir, pero accede a llevarla a pasear. Durante tres horas estarán juntos. Pasarán por delante del Teatro Real y entrarán, atraídos por la música, Los puritanos de Bellini.

    Tras el teatro, él la lleva de regreso a casa. Ella se despide con un beso hasta el día siguiente y él, al escuchar pisadas y ver que la niña ya entró en el portal, sale huyendo de allí, dispuesto a no regresar jamás. Pero ya para siempre aquella tarde estará inmortalizada en su recuerdo, pues la ópera que escuchó junto a Teresa
    quedará grabada en su memoria, y al cabo de 20 años aún la tarareará recordando a aquella niña que con tanta docilidad consiguió enamorar...



    Tras esta lectura me dió por fantasear e imaginar la vida de Teresa después de
    aquel atardecer. Ellos eran de Jerez, Teresa había nacido allí, solo un año llevaban en Madrid. Viajaban. ¿Por qué no iba a tener su padre un destino en América, pongamos por caso? Allí Teresa crecería, se casaría, tendría hijos. Quizás su marido se llamara Haze. Quizás a su hijo le pusieran Harold E. Haze, quien con el tiempo se casaría con Charlotte Becker, y ambos fueran padres de Dolores Haze, Lolita, quien fue engendrada en México.

    Sería rizar el rizo: Teresa, nínfula; Charlotte, nínfula (su marido tenía 22 años más que ella y la conoc
    ió siendo muy joven); Lolita, nínfula, hija y nieta de nínfulas.
    En el relato de A. Palacio Valdés se especifica que el encuentro entre don Ramón y Teresa tuvo lugar en el año 1858, cuando ella contaba con 13 años y dos meses. Lolita nació el 1 de enero de 1935. Así, cuando Lo nació, su abuela tendría 90 años.

    Imaginaciones aparte, las similitudes entre Los puritanos de Armando Palacio Valdés y Lolita de Vladimir Nabokov son bastante llamativas, salvando la distancia de las épocas y los países. Por ejemplo: las coincidencias entre los personajes de Don Ramón y
    Humbert Humbert:
    • Don Ramón es "un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática" y por su parte, lo mismo se podría decir de Humbert.
    • Los dos se habían casado jóvenes y ambos, en algún momento de sus vidas, se arrepienten de haberse precipitado tanto, si bien Humbert al conocer a Lo es viudo y Ramón aún está casado. (Quiere a su mujer, es la madre de sus hijos, pero no está enamorado de ella... ¿Sería también una ex nínfula?)
    • Ninguno sobrepasa la edad de los 50 años al contar o escribir su historia.
    • Existe una considerable diferencia de edad entre Humbert y Lolita (25 años) y don Ramón y Teresa (16 años).
    • Ambos descubren a sus nínfulas en lugares de cierta carga simbólica: en balcón, un patio trasero ajardinado. Lugares desde donde espían el mundo.
    • Una carta les devuelve a la realidad: a Humbert la carta que le escribe Charlotte, la madre de Lolita, cuando se la lleva al campamento Q; a don Ramón una carta de su mujer, que le hace meditar sobre la situación de falso cortejo a una niña.
    • Y lo que me parece más curioso: el papel de la música en ambas historias. Para Humbert y Lo es una canción estúpida, pegadiza, titulada Carmen (tal vez en honor de la Carmen de Bizet o la de P. Merimée); para Ramón y Teresa, Los puritanos de Bellini. Y es en ambas escenas cuando ellos consiguen tocar a sus nínfulas... Es inolvidable aquella escena del sofá en la novela de Nabokov, cuando Lolita coloca las piernas sobre Humbert mientras tatarea una canción y mordisquea una manzana. En el relato, Don Ramón se atreve a acariciarle la mano a Teresa mientras ella apoya su cabeza en el hombro de él, al tiempo que escuchan la música en el Teatro Real.

    La llamada de la sangre entre Teresa y Lolita tampoco carece de importancia. Ambas, sin haberlo aprendido, saben elaborar ardides para engañar o conseguir lo que desean del hombre, como hacerse las encontradizas, por ejemplo. O conseguir llamar sus atenciones: Teresa deja caer la muñeca adrede para que Ramón la viera arriba, en el balcón ("Yo pensé que cuando le dejé caer la muñeca encima..."). Además, las dos en el contacto físico se muestran pasivas, se dejan hacer. Es la falta de experiencia. Sobre ese punto hay una frase que don Ramón piensa y que es bastante esclarecedora: "Su inocencia era un velo espeso que nos impedía ver el riesgo que corríamos".


    Puede que solo sean imaginaciones. Puede. Pero me gustó imaginar la posibilidad de que Nabokov leyera este relato escrito por uno de nuestros autores más importantes del siglo XIX...


  2. 3 comentarios:

    1. Andromeda dijo...

      Yo tuve algunas ediciones como esa. :)
      Curiosas similitudes, quizá no son casualidad. Gracias por enseñarme lo que son las nínfulas (comencé el aprendizaje por otra de tus estupendas reseñas ninfulescas). XDD
      Beso.

    2. Hypathia dijo...

      La culpa la tiene Gabo, yo solo pretendía hacer una reseñilla de Lolita en la revista..., pero me retó y me perdí. :P Ja, ja, ja.
      ¡Un abrazo, Andrómeda!

    3. Sue_Storm dijo...

      Asombrada me has dejado, querida. ¡Qué descubrimiento!, y qué extraordinariamente bien nos lo cuentas. Seguro que a Nabokov le habría encantado :-) ¡Un beso muy fuerte!

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